Bogotá, agosto de 2026. Hay lugares que, sin importar su tamaño, sostienen la vida cotidiana de millones de colombianos. La tienda de barrio es uno de ellos. Es el espacio que está a pocos pasos de casa, donde el cliente es llamado por su nombre, se resuelven las compras de último minuto y la oferta se adapta, con empatía, a lo que necesita y puede pagar cada familia o vecino.
Más allá de la cercanía, la tienda tradicional es un motor económico fundamental. Hoy, este canal representa el 44% de la distribución del gasto de los hogares y tiene una penetración del 90% en las familias colombianas1. Pero detrás de estas cifras existe una vocación profundamente humana que ha sabido reinventarse frente a los desafíos del entorno.
El espacio en una tienda es un recurso limitado. En un local mediano, de entre 21 y 40 metros cuadrados, un tendero maneja en promedio 838 referencias, 291 marcas y 85 categorías. En medio de este escenario, el tendero asume el rol de curador: escucha a sus vecinos y decide qué productos ofrecer para equilibrar las preferencias de su comunidad con la viabilidad de su negocio.
Los tenderos no solo venden productos; conocen las necesidades de sus vecinos. Saben que, cuando el presupuesto no alcanza para un mercado completo, ofrecer una presentación más pequeña o incluso una sola unidad del producto puede hacer la diferencia. Esa relación de confianza se construye durante años, al punto de que fiar se convierte en una práctica habitual: el histórico sistema de “fiado” se mantiene vigente en el 36% de estos comercios, con un arraigo particular en ciudades como Medellín y Barranquilla².
Comprender al tendero es también comprender la realidad del consumidor colombiano. En el canal tradicional, el 69% de las ventas en unidades corresponde a productos de menos de $4.000, y las compras de menudeo y formatos pequeños representan el 28% de las ventas totales, una solución real para aliviar el bolsillo día a día.
En este contexto, marcas como P&G han desarrollado presentaciones más pequeñas y formatos como el sachet, que permiten acercar sus productos a las necesidades y posibilidades de compra de los consumidores. Esta oferta está presente en categorías como cuidado del cabello, cuidado de la ropa y afeitado, con marcas como Pantene, Head & Shoulders, Ariel y Gillette.
“En P&G entendemos que la innovación debe resolver necesidades reales. Acompañar al tendero, entender las dinámicas de su entorno y adaptar nuestros productos a las realidades no es solo una decisión de negocio; hace parte integral de quienes somos como compañía y de nuestro compromiso con que la calidad sea accesible para todos”, señala Maria Carolina Pacheco, directora de Análisis e Información Pacífico en P&G.
Además, la tienda ha evolucionado. Hoy, el 82% de los tenderos recibe pagos por Nequi, el 44% por Bancolombia y el 38% por Daviplata.
Por ello, hablar de "la tienda de la esquina" es hablar de consumo, empleo y desarrollo local. Con cerca de 260.000 comercios tradicionales estimados por Fenalco en el país, este canal sigue siendo uno de los puntos de contacto más frecuentes entre las marcas, los productos y los consumidores colombianos. Para P&G, presente en más de 50 municipios y en la gran mayoría de estos negocios, representa una relación construida desde la cercanía y el conocimiento del consumidor.
Este 30 de agosto, en el Día Nacional del Tendero, se rinde un homenaje a quienes convierten unos cuantos metros cuadrados en espacios de confianza, abastecimiento y resiliencia. Porque una tienda puede ser pequeña en tamaño, pero su impacto sostiene a todo un país.