Por: Francisco Javier González, docente de la Escuela de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones de la Universidad Politécnico Grancolombiano
Hoy me resulta imposible imaginar la vida sin internet. Ya no es un lujo ni una elección, es la base sobre la que se mueve nuestra cotidianidad. Cada 17 de mayo, el Día Mundial del Internet pasa casi desapercibido y, sin embargo, pocas cosas han transformado tanto nuestra vida como esta red invisible.
Hoy, más que celebrarlo, creo que deberíamos cuestionarlo, porque ya no se trata de si usamos internet, sino de cómo nos podría estar usando a nosotros. Esta celebración nos da una oportunidad para detenernos un momento y preguntarnos cómo estamos participando en este entorno digital y qué tipo de ciudadanos estamos siendo allí.
No debemos celebrar una tecnología, sino una transformación profunda. Desde mi percepción, he visto cómo internet dejó de ser un complemento para convertirse en una estructura esencial. Todo pasa por allí: estudiar, trabajar, informarnos, incluso participar en decisiones colectivas y democráticas. Y justamente por eso, este día también es una invitación a cuestionar qué estamos haciendo con esa herramienta.
Pero lo que más me inquieta no es su presencia, sino su impacto. Estamos en un momento donde internet define cómo entendemos la realidad. Las noticias que leemos, las opiniones que formamos e incluso nuestras decisiones políticas están mediadas por lo que aparece en una pantalla.
Por ejemplo, en estos tiempos electorales el internet no solo informa, también distorsiona la información. Amplifica voces, sí, pero también rumores; nos acerca a la democracia, pero al mismo tiempo puede deteriorarla. Y ahí es donde el problema deja de ser tecnológico y se vuelve profundamente humano.
No es solo navegar, es entender cómo impacta nuestra privacidad y la forma en que consumimos contenido. Destaco que internet ha sido una herramienta de inclusión, pues muchas personas hoy acceden a oportunidades que antes eran impensables. Sin embargo, también he evidenciado nuevas desigualdades, ya no se trata de quién tiene acceso, sino de quién sabe interpretar lo que ve.
Se trata de construir juntos
En mi experiencia como docente, he entendido que el verdadero reto no es conectar a más personas, sino formar ciudadanos digitales. Personas capaces de cuestionar, dudar, contrastar. Porque tener información no significa necesariamente tener criterio.
Y esto se refleja claramente en las aulas. Hoy, los estudiantes llegan con contenidos que ya no dependen del docente porque internet les entrega todo, pero no les enseña a pensar sobre ello. El verdadero desafío ya no es el acceso, es qué hacemos con la información que tenemos.
En clase, cada vez me interesa menos repetir información y más generar conversaciones enriquecedoras. Que los estudiantes discutan, se equivoquen, defiendan ideas. Porque aquí hay algo que no podemos ignorar: internet amplifica tanto lo valioso como lo problemático, y actualmente la desinformación es nuestro mayor dolor de cabeza.
Circula en todos los contextos y sentidos, nublando el juicio de las personas. Pues internet puede ser un espacio de aprendizaje y colaboración, o un lugar de desinformación y agresión. Por eso insisto en la necesidad de un uso ético y responsable de la red.
No escudarnos en pantallas para decir cosas que cara a cara no diríamos u opinar sin medir consecuencias, olvidando que detrás de cada perfil hay una persona real, con derechos y vulnerabilidades. Sino entender nuestra propia responsabilidad con nuestras acciones.
No basta con consumir contenido, sino que somos parte activa de ese ecosistema, pues cada vez que compartimos, comentamos o reaccionamos, estamos construyendo una realidad colectiva que puede ser más informada o caótica. Nosotros decidimos.