A sus 19 años, Andrés comenzó como auxiliar de bodega sin imaginar que en su primer turno terminaría incapacitado por una carga mal asegurada. Historias como la suya se repiten en distintos sectores del país y reflejan un problema creciente: la falta de preparación de miles de jóvenes que ingresan al mercado laboral con poco entrenamiento, información insuficiente y un temor constante a preguntar o detener una tarea insegura.
Según el DANE, entre julio y septiembre la tasa global de participación juvenil llegó al 54,7 por ciento y la ocupación alcanzó el 46,7 por ciento, cifras que muestran un crecimiento sostenido del empleo en esta población. Sin embargo, este aumento también amplifica la exposición a riesgos laborales, especialmente en trabajos de logística, comercio, manufactura y construcción, donde la rotación es alta y la capacitación suele ser limitada. La OIT advierte que los jóvenes pueden sufrir hasta 40 por ciento más accidentes que trabajadores con experiencia.
¿Por qué quienes empiezan a trabajar se accidentan más?
Para Heydy González, directora del programa virtual de Seguridad y Salud en el Trabajo de Areandina, el problema inicia desde el ingreso. “Los jóvenes en su primer empleo combinan inexperiencia y presión por cumplir metas, lo que reduce su percepción del riesgo”, señala. Además, afirma que muchas empresas “siguen entendiendo la capacitación como un trámite y no como un proceso pedagógico real”. Esta combinación, agrega, deja a miles de trabajadores novatos sin herramientas para identificar peligros cotidianos.
Las cifras nacionales refuerzan la alerta. En 2024 se registraron más de 520.000 accidentes laborales y cientos de enfermedades de origen ocupacional, de acuerdo con reportes del sistema de riesgos. Aunque no existe un registro que discrimine por edad, expertos coinciden en que una proporción significativa involucra a jóvenes recién vinculados. Sectores con alta demanda temporal, como bodegas y comercio estacional, concentran buena parte de estos eventos debido a jornadas extensas, supervisión limitada y poca formación en manejo seguro de tareas.
González insiste en que la solución empieza en la empresa. “Una cultura de seguridad positiva permite que el joven pregunte sin miedo y reporte condiciones inseguras”, señala.
Para ella, el liderazgo también es determinante: cuando jefes y supervisores promueven conversaciones abiertas, el riesgo disminuye. En contraste, ambientes punitivos amplifican silencios y errores. La experta explica que la inducción debe adaptarse al puesto, no ser un documento genérico. Sin esa precisión, el trabajador nuevo queda sin criterios para detener una tarea peligrosa.
La normativa colombiana exige afiliación inmediata a la ARL, entrega de elementos de protección personal y orientación clara sobre riesgos específicos. Sin embargo, muchos jóvenes desconocen estos derechos y aceptan tareas inseguras por temor a perder el empleo. Para evitarlo, González recomienda verificar la afiliación desde el primer día, pedir explicación detallada de cada proceso y solicitar acompañamiento durante las primeras semanas. Subraya que “la seguridad es prioritaria sobre cualquier presión por productividad y debe entenderse como un derecho, nunca como un favor”.
Lo que todo primer empleo debe garantizar
Los expertos explican que uno de los escenarios más frecuentes de accidentes juveniles ocurre cuando el trabajador recibe instrucciones incompletas o asume tareas para las que no ha sido entrenado. Por ello, detener una actividad insegura es un derecho legítimo. El proceso recomendado es sencillo: informar al jefe inmediato, registrar evidencia, escalar al responsable del sistema de seguridad y, si persiste el riesgo, acudir al Comité Paritario de Seguridad y Salud en el Trabajo (COPASST) o al Ministerio del Trabajo. Documentar cada paso protege al joven ante posibles retaliaciones.
El cierre de año suele aumentar el empleo temporal juvenil y, con él, los riesgos. En diciembre y enero, sectores como comercio, bodegas, mensajería y entretenimiento contratan miles de jóvenes para cubrir picos de demanda, muchas veces sin procesos formales de inducción. En este contexto, González destaca que “el joven ingresante no solo debe adaptarse al entorno laboral, sino ser protegido por él”, y advierte que las empresas deben asumir la prevención como una inversión y no como un trámite.
La docente de Areandina finalmente insiste en que los jóvenes deben informarse antes de iniciar una tarea: conocer los riesgos principales, ubicar salidas de emergencia, saber cómo manipular cargas y entender qué equipos requieren entrenamiento especializado. También recomienda solicitar mentoría a trabajadores con experiencia, pues esta guía reduce fallas y facilita decisiones seguras durante las primeras semanas. Para las empresas, el reto es crear ambientes donde preguntar no sea visto como debilidad, sino como profesionalismo. El país enfrenta un desafío doble: proteger a quienes están comenzando y garantizar que el empleo sea puerta hacia el crecimiento y no hacia un futuro seguro.