Un día laboral típico en México ya no se parece a una quincena. Para una diseñadora en Ciudad de México, el mosaico puede incluir un pago en dólares de una startup en Estados Unidos, una transferencia en euros de una agencia en Europa y depósitos pequeños por colaboraciones con marcas o contenido en redes. Ninguna de esas empresas es “su patrón” en el sentido tradicional, pero todas forman parte de cómo se gana la vida. El trabajo cruza fronteras a la velocidad de una notificación; el dinero, en cambio, todavía viaja por rieles financieros diseñados para un mundo de un solo empleador, transferencias locales y pagos con cadencias fijas.
Esa brecha entre cómo se trabaja y cómo se cobra es una de las tensiones menos visibles —y más costosas— de la economía actual. México lo entiende bien: aquí conviven empleo formal, trabajo por cuenta propia, servicios por honorarios, economía de plataformas y una informalidad que empuja a miles de personas a sostenerse con ingresos mezclados. Para muchos, “tener trabajo” significa combinar clientes, proyectos, ventas, comisiones o micro‑pagos en lugar de depender de una sola fuente.
La digitalización aceleró ese cambio. Hoy es más fácil conseguir clientes fuera del país, vender servicios en línea o monetizar audiencias; lo difícil es que el dinero se comporte con la misma agilidad. Entre comisiones, spreads cambiarios, tiempos de espera, límites operativos y conciliaciones manuales, cobrar desde el exterior puede convertirse en un desgaste silencioso: el mismo talento que opera en tiempo real termina administrando su vida financiera como si todavía viviera en el mundo de la ventanilla bancaria.
En paralelo, el debate público se está poniendo al día. La conversación sobre trabajo en plataformas y modelos híbridos busca ordenar responsabilidades, reconocer nuevas realidades laborales y ampliar la cobertura social. Pero incluso con regulación en movimiento, la pregunta cotidiana sigue siendo práctica y urgente: ¿cómo cobro rápido y con trazabilidad si mis ingresos vienen de varios países, varias plataformas y varios clientes?
Ahí es donde Ontop, una startup nacida en Latinoamérica, con presencia global, busca abrirse espacio. La empresa comenzó ayudando a compañías a contratar y pagar talento internacional con cumplimiento regulatorio. Ahora empuja una tesis más amplia: lo que llama Global Work Fintech, infraestructura construida no en torno a dónde se sienta la gente o quién la emplea, sino en torno a cómo genera ingresos.
La lógica invierte el enfoque tradicional. En lugar de partir del empleador y preguntarse cómo enviar una nómina, parte del flujo de ingreso y pregunta: ¿cómo almacenar, clasificar y mover ese dinero de forma conveniente para el trabajador y segura para quien paga? En términos prácticos, se traduce en una capa tecnológica que integra contrato, cumplimiento y pago: una billetera que puede concentrar ingresos de distintas fuentes, operar con múltiples monedas y reducir fricción en transferencias transfronterizas.
Para una profesionista en México que trabaja con clientes en Estados Unidos o Europa, el valor es evidente: centralizar pagos, evitar el “rompecabezas” de plataformas dispersas y disponer del dinero con menos pasos intermedios. Para la empresa que contrata, el atractivo es pagar de forma estandarizada sin construir una tesorería global propia ni navegar, país por país, procesos y documentación como si cada pago fuera un caso nuevo.
Julian Torres, cofundador y director general de Ontop, lo resume así: “Los próximos mil millones de trabajadores no tendrán un solo empleador — tendrán diez. Ontop está construyendo los rieles financieros para esa realidad. El fintech actual sigue basado en la lógica del empleador; nosotros estamos construyendo bajo la lógica del ingreso.” Y añade: “El trabajo ahora es líquido. Las personas generan ingresos a través de fronteras, plataformas y flujos de ingreso de forma simultánea. Ontop hace que el dinero se mueva con la misma fluidez.”
La apuesta no es menor porque el “multi‑ingreso” dejó de ser excepcional. A escala global, se normaliza mezclar empleo formal con freelance, consultoría, proyectos por demanda, marketplaces y creación de contenido. La economía de los creadores empuja todavía más esa dinámica: audiencias y marcas se mueven rápido, pero los pagos suelen ser fragmentados, opacos y tardados. En ese terreno, una plataforma que prometa pagos más ágiles y portables gana ventaja en la competencia por talento.
Eso explica por qué esta categoría se ubica en un punto intermedio: toma la disciplina de cumplimiento de los sistemas corporativos, la experiencia de usuario del fintech de consumo y la programabilidad de la infraestructura moderna de pagos. La tesis es que esa intersección será el estándar para la próxima década: el ingreso como algo portable, trazable y flexible, en lugar de atado a un solo empleador o a un solo país.
Los desafíos persisten. Reguladores y bancos necesitan claridad sobre origen de fondos, naturaleza de transacciones y controles robustos; y los trabajadores deben gestionar el lado B del polywork: volatilidad, estrés operativo y ausencia de beneficios tradicionales. Pero la dirección de fondo parece clara: la frontera entre empleado, contratista, creador y emprendedor se vuelve cada vez más delgada.
Si el trabajo se volvió líquido —y fluye entre fronteras, plataformas y modelos de negocio— el sistema financiero que lo sostiene tendrá que volverse igual de fluido. Para millones de profesionistas en México, la promesa es simple: menos demoras, menos intermediarios y una vida financiera que refleje, por fin, cómo se gana el ingreso hoy.